Entre esos, miles de actos gloriosos e infames, mínimos o cíclopeos, no parecen ser más que un intento desesperado por extender ilimitadamente la distancia entre ambos extremos, cuya cota máxima va a parar por allá, en los yuyales aledaños a la eternidad.
Este último concepto implica, de alguna forma, la ruptura con lo lineal. Cabe pensar, como aducen algunos autores, que una cantidad de materia finita enclavada en una línea de tiempo infinito producirá en algún momento el recomienzo de un ciclo, la coincidencia repetida de cierta organización molecular. Vale decir, una vuelta al principio: ahí la circularidad, el eslabón de la cadena que tuerce hacia sí misma cualquier historia, por lineal que parezca.
En este sentido, durante algunos días cercanos al solsticio de verano, en estas latitudes sureñas, el día y la noche se confunden en un laberinto circular que hace dudar de las nociones de principio y final...
¿Quién determina cuándo comienza un día y cuando acaba la noche en un continuo de semipenumbra que no es ni alba ni anochecer? Se rompe una constante que ha determinado para hombres y bestias (si se me permite el pleonasmo) el ritmo entre vigilia y sueño. La luminosidad constante del horizonte durante el ciclo de sueño desmiente cualquier definición.
El sol se encuentra en su altura máxima y comienza su paulatino descenso hasta envolvernos en las sombras del invierno. Se trata de un momento mágico, que en otras latitudes ha dado lugar a complejos rituales en honor a las deidades a quienes se les atribuye el régimen sobre estos fenómenos. Entre ellas, los romanos veneraban al dios Jano -patrono de los constructores- representado siempre con dos caras opuestas, que miran los dos puntos que señalábamos... ¿al principio?

Considerado Jano el dios de los principios y los finales, tenía como misión el ser guardián de esas "puertas solsticiales o puertas del cielo". Es así que este dios de "iniciación a los misterios" bien puede sugerir o simbolizar, precisamente, la dualidad, la contradicción, la lucha entre el bien y el mal, presente en cada uno de nosotros y en cada uno de los deseos para el porvenir y recuerdos del pasado que tendemos a evocar en estas fechas.
Corolario: un mismo signo puede ser la antesala de la luz o de la oscuridad, del invierno o del verano, del amor o del odio, de la verdad o la mentira, de la dicha o del sufrimiento.
¡Guárdenos, Jano, de los inviernos que se anuncian como veranos y de los odios que insisten en disfrazarse de amores!
No es casual que elija ilustrar esta entrada con uno de los temas del trabajo "Seven lives many faces" (2008, Enigma) hablando de caras y hablando de misterios. En este caso, precisamente "Las puertas del cielo", aludiendo al sitio que guarda la deidad bifronte, el que une la cuerda entre el principio y el final, el doble, el indeterminado Jano. Deliciosa pieza cantada en catalán, guardiana a su vez de recuerdos olvidables e indeterminados por estar anclados, precisamente, en la dualidad bifronte de una imagen vista al pasar, sobre el cristal empañado de un espejo que miente verdades.
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