
Mis manos conocieron hoy
la silueta del vacío.
Uno a uno, mis dedos recorrieron
sus fronteras tortuosas,
saboreando la tersura fría de la inexistencia,
sus concavidades huesudas,
sus valles interminables.
Mis manos presintieron
el comienzo del fin,
mientras el cielo dibujaba
una aurora inaugural
con gesto ausente.
Uno a uno,
visité los espacios ingrávidos del olvido,
encontrando en cada esquina
una inútil excusa
para morir un poco,
para resbalar y caer
más al fondo de mí.
Hoy me recosté en la penumbra,
junto a los pájaros dormidos
en un rincón de la playa.
Y el devenir de las aguas
me arrulló en la madrugada.