Estamos en, casi, ninguna parte... (A. Dolina)











domingo, 2 de marzo de 2008

¿Y el eclipse?



Y... no.
No se pudo.
Estuvo nublado, así que me sentaré aquí, a esperar un par de años.
Mientras tanto -cámara en mano- les leo esto, que no será documento que acredite la ocurrencia del último suceso celeste, pero no deja de ser interesante.

El eclipse

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica, se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como un lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.


Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis- les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después, el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de la voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.


Augusto Monterroso
Obras completas (y otros cuentos). Barcelona, Anagrama, 1990.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola María!

Espero poder dejar mi comentario.


Me ha encantado esa mirada austral. Ahora entiendo que a mi pupila le falta ejercicio.
Aquí estoy, intentando descubrir más allá de lo que conozco. Vy lento y comprendiendo que todo lo valioso, lleva tiempo y dedicación.

Te dejo mi afecto y mi alegría al descubrir este espacio.
Más, más!

Zulma

María dijo...

Lo mismo digo.
Es curioso cuánto nuevo y bello puede descubrir el aséptico ojo de una lente.

Los resultados podrán ser aceptables un día y no tan buenos el otro.

Sin embargo, algo comienza a transformarse cuando descubrimos que no podemos observar la realidad impunemente.

Dejarse asaltar por la atracción de una textura, por una atmósfera, por un matiz, es un camino sin vuelta atrás.

Empieza a comprobarse la eficacia del filtro mágico.


Saludos,

Steki dijo...

Hola inmensa María!
Al final el pobre Bartolomé no zafó! Jajaja!
Muy linda la historia y yo también me quedé sin ver el eclipse.
De todas maneras, quise suplirlo: bajé una foto de eclipse a mi celular!
BACI, SEKI.

Anónimo dijo...

Bueno María, consolate que no fuiste la única...
Por estos lares, el sueño infantil pudo más, rodeando a la luna de príncipes y enanos para despertar a Blancanieves, se apoderó de todos y nos quedamos dormidos.
Besos,

María dijo...

Zulma: cuando digo "lo mismo digo", me refiero al afecto y a la sorpresa que me causaron tus primeros pininos (tu pupila ve lo invisible, revelado por el arduo contacto con los feroces párpados de la poesía). Muchos éxitos.

Steki, Claudia: ¿saben qué fue lo más cómico después de haber salido -cámara en mano- a tratar de adivinar el meteoro oculto tras los nubarrones?

Como en algún dibujo animado visto hasta el hartazgo: la noche siguiente, cuando intentaba conciliar el sueño, percibí cierto resplandor.
Abrí un ojo, el otro: ahí estaba, sonriente y burlona, abriéndose paso en la oscuridad del cuarto, rebeldemente encaramada en las ramas inquietas del sauce, digna acreedora de un zapatillazo cósmico.

Adriana Lara dijo...

Hola, María, pasaba por aquí...

Anónimo dijo...

Bueno niña María,
entiendo su ajetreo de estos días,
pero no deje colgando
a quien del sur se va enamorando.
No vaya ser que tome para otra vía.
Besos,

María dijo...

Claudia, ¡pero qué sorpresa!
en verso ha servido la mesa
mas no cuenta que el Sur evocado
tiene un don que no ha señalado
"calafate" se llama el nombrado
quien lo prueba... siempre regresa.

Steki dijo...

Hola inmensa María!
Se te extraña!
Imagino que estarás a mil para estas fechas.
Que te sea leve!
BACI, STEKI.