Siempre me sorprende la constancia desigual de algunas cosas esas formas talladas en la nube, por ejemplo, ese brote de manos que migran al destierro. Ese borde roto en el tiempo del después o tu recuerdo que no es más que un hueco frío en el que me olvidé de mí.
La silueta de aquel grito que se me escurrió en la garganta antes, mucho, de que atinaras siquiera a escucharlo.
O la persistencia, si se quiere, del silencio: Un rumor oscuro que me llegó desde el fondo de tu mirada cuando ya no pude verme.
Y mientras persiste la inconstancia
de ese juego entre las nubes
recuerdo algo indefinible que brota en la miel amarga del desengaño y se me atraganta en la piel del sueño (un terreno donde aprendemos, sin saber el oficio de la muerte: la otra forma de decir adiós).
La voz en off, las bambalinas, el libreto con todo y didascalias, las máscaras, el traje azul y también el rojo, las tablas del escenario, el maquillaje.
Solo un montaje donde cuerpo y alma se tambalean, absurdos, en su pretensión de realidad.
Cualquiera sabe que lo único real es la cuenta del analista, dicen los que saben qué dice el libreto.
"Tu tiempo es, ahora, una mariposa, navecita blanca, delgada, nerviosa..." (S. Rodríguez)
¿Será el tiempo y su hilo invisible y fatal el que habrá anulado para siempre toda posibilidad de encuentro fuera del túnel?
... o el hecho de que no es un hilo único, sino que cada uno lleva un carretel diferente en el bolsillo. En ese caso, inútiles todas las formas mecánicas de burlarlo e intentar siquiera un cruce, una intersección que desmienta el vacío y el silencioso vaivén de las palabras que fluyen en él.
Vano, todo intento de esperanza mientras se mira el reloj.
Ya pasó.
Nunca vendrá.
Lo mismo da.
El tiempo es el único compañero de ruta de principio a fin del devenir.
Y el espacio... la encrucijada en la que el cuerpo se tiende a esperar el olvido.
(Aunque algunos sostengan, con pragmático afán, que se trata de la parada del 103.)
...Que cuándo o por qué se lo propuso? Creo que nunca o por razones confusas e inexplicables. Empezó a suceder de a poco y en un pacto silencioso donde todo se dio por sentado. Brotaron los párrafos en letra pequeña y quedaron fijados los términos y las condiciones que nadie conoce pero que todos sabemos. Las condiciones y los términos son siempre uno: el débil, pierde.
No fue sencillo al principio. Tenía la mala costumbre de persistir en el espacio, ya lo saben. Además, están las cuentas de la luz y está el teléfono que suena de vez en cuando por aquella promoción de dos por uno.
Sin embargo, mitad por impericia o desgano, un poco por evitar los cimbronazos del destino o el desencanto de la verdad mi sombra comenzó un buen día a volverse decididamente transparente.
Primero fue un cambio imperceptible, en la tonalidad, la consistencia o en la precisión los bordes, que es donde primero empieza a desdibujarse una sombra decente.
Alguna mañana faltaba una mano, o las dos. Otras, la cabeza.
Últimamente, a la transparencia hay que sumarle... -restarle- algunas modificaciones en el talle o la proporción. Con decirles que sólo queda un pequeño hilo que se desliza, tímido, detrás de mí...
Las voces o el ruido de las pisadas lo silencian casi hasta desaparecer.
Una tarde tuve que arrancárselo del pico a una gaviota que lo alzó en el aire y se llevaba el hilito sedoso y leve mar adentro, sin preguntar.
Hay un muñón (tal vez un brazo) que surge, a veces, de improviso, para abrir una puerta o decir un adiós.
Pero eso ya casi no sucede.
Sé que un día de éstos -pongamos, un martes- acabaré acostumbrándome y ni siquiera sentiré pena o nostalgia.
Es que, dentro de mí, no sé desde cuándo o por qué (tal vez sabía y lo he olvidado) también hay algo que comienza a desdibujarse.
¡Fluyan mis lágrimas, caídas de sus manantiales! Exiliado para siempre, dejadme llorar; Permitidme que viva olvidado Donde el pájaro negro de la noche canta su tristeza.
¡Apagaos, oh vanas luces, no brilléis más! No hay noche lo bastante oscura para aquellos Que desesperadamente deploran sus fortunas perdidas.
La luz no es otra cosa que vergüenza nuestra Nunca serán mis penas aliviadas, Puesto que la piedad ha huido; Y las lágrimas, suspiros y gemidos han privado De cualquier alegría a mis cansados días.
Desde la más alta cima de la alegría, mi fortuna es arrojada, Y abandonada, y apenada, y afligida Por mis desiertos, están mis anhelos puesto que la esperanza está perdida.
¡Oíd!, vosotras, sombras que en la oscuridad moráis, Aprended a despreciar la luz Felices, felices, quienes en el infierno No sienten el desprecio del mundo.
Ruido de sombras en la faz nocturna de tus ojos, cierro los labios y escucho su parpadeo estelar.
Dice la boca del tiempo, en su mansa quietud, que el último minuto de la noche se puebla de pájaros encendidos. Voy a comprobarlo mientras me dejo adormecer
Tampoco acierto al decir que me equivoco, la certidumbre es la lógica del loco. Prefiero el vértigo del error al signo indudable de un faro cegador que me anuncie el peligro bajo el foco.
Y es muy probable que si el error cierra una puerta es para que otra quede abierta de par en par.
Voy con volar a claridad que no doblega sin olvidar que por clara, puede -ciega- no ver su vanidad ni cobrar sentido en la oscuridad el vacío que alumbra lo que niega.
Comenzaré recordando que atravesar caminos es inevitable, hasta para el más sedentario de los mortales.
En toda narración hay un camino, en toda historia.
Caminos sinuosos, llenos de giros imprevisibles o terminantes y directos como un tiro de fusil; llanos o escabrosos, con encrucijadas, pasadizos, pendientes o subidas que se jactan de interminables. Caminos que juran avances y fingen retrocesos. Curiosos senderos donde se despliega el mito de las causalidades.
Toda narración es un camino que avanza devanando los hilos de una historia, hilvanando los de muchas otras. Toda narración es el avance inevitable de causas y consecuencias (acaso la forma "técnica" de la narratología para explicar el destino).
Y en toda historia hay caminantes.
Caminantes como Edipo, quien se encontró con el "sino" mientras creía escapar de él; Ulises, cuyo camino era el lomo impredecible del mar; Quijote, el valiente que se adentró en los tortuosos rumbos de su propia locura, para ser coherente consigo; Dante y Virgilio, caminantes del horror que no lo es tanto considerado en la lógica previsible del castigo cristiano -todo horror que se precie está instalado en el terreno del desconcierto, de lo inesperado-; ese hijo que camina buscando a su padre: "un tal Pedro Páramo" y al hacerlo visita poblados habitados por el eco; Macbeth dando los pasos que lo hundirán en el lagar de su propia ambición.
Caminantes que saben que no hay regreso posible y los que cometen el error fatal de mirar atrás...
¿Qué llevó a esa mujer -caminante que huía- al gesto último que la paralizó en el tiempo? ¿El amor?, ¿el odio?, ¿la duda...? ¿El haber abandonado, aunque fuera por un segundo, la lógica de la supervivencia, en función del desvarío irracional de las emociones?
¿Qué buscó su mirada en ese instante eterno, al volver por última vez al pasado? ¿qué encontraron sus ojos mirando desde la eternidad muerta de una estatua de sal?
Entre tantas preguntas, sólo me resta señalar que no hay paso que no sea consecuencia de otro dado antes y que, al mismo tiempo, no sea causa de otro posterior. Y aquí la trampa: causas ocultas y consecuencias insospechadas hacen que esa relación causal sea -las más de las veces- oscuramente indescifrable.
Las imágenes, obtenidas en caminos recientes.
¿La música...? De algún caminante que da gusto en su andar. En esta ocasión, Sting, caminante de la luna.
Vista desde el punto de vista de la cultura occidental, la vida humana podría definirse como una cuerda, una línea en permanente tensión entre dos puntos: principio y final.
Entre esos, miles de actos gloriosos e infames, mínimos o cíclopeos, no parecen ser más que un intento desesperado por extender ilimitadamente la distancia entre ambos extremos, cuya cota máxima va a parar por allá, en los yuyales aledaños a la eternidad.
Este último concepto implica, de alguna forma, la ruptura con lo lineal. Cabe pensar, como aducen algunos autores, que una cantidad de materia finita enclavada en una línea de tiempo infinito producirá en algún momento el recomienzo de un ciclo, la coincidencia repetida de cierta organización molecular. Vale decir, una vuelta al principio: ahí la circularidad, el eslabón de la cadena que tuerce hacia sí misma cualquier historia, por lineal que parezca.
En este sentido, durante algunos días cercanos al solsticio de verano, en estas latitudes sureñas, el día y la noche se confunden en un laberinto circular que hace dudar de las nociones de principio y final...
¿Quién determina cuándo comienza un día y cuando acaba la noche en un continuo de semipenumbra que no es ni alba ni anochecer? Se rompe una constante que ha determinado para hombres y bestias (si se me permite el pleonasmo) el ritmo entre vigilia y sueño. La luminosidad constante del horizonte durante el ciclo de sueño desmiente cualquier definición.
El sol se encuentra en su altura máxima y comienza su paulatino descenso hasta envolvernos en las sombras del invierno. Se trata de un momento mágico, que en otras latitudes ha dado lugar a complejos rituales en honor a las deidades a quienes se les atribuye el régimen sobre estos fenómenos. Entre ellas, los romanos veneraban al dios Jano -patrono de los constructores- representado siempre con dos caras opuestas, que miran los dos puntos que señalábamos... ¿al principio?
Esta deidad "bifronte", de quien proviene el nombre del primer mes del año de nuestro calendario (enero), encuentra no casuales similitudes en la figura cristiana de Juan Bautista y Evangelista, a quien se rinde culto, precisamente, coincidiendo con ambos solsticios. Este fenómeno celeste tiene sus dos momentos durante el año: el de verano (llamado janua inferni, por conducir a la penumbra) y el de invierno (janua coeli, puerta de los dioses).
Considerado Jano el dios de los principios y los finales, tenía como misión el ser guardián de esas "puertas solsticiales o puertas del cielo". Es así que este dios de "iniciación a los misterios" bien puede sugerir o simbolizar, precisamente, la dualidad, la contradicción, la lucha entre el bien y el mal, presente en cada uno de nosotros y en cada uno de los deseos para el porvenir y recuerdos del pasado que tendemos a evocar en estas fechas.
Corolario: un mismo signo puede ser la antesala de la luz o de la oscuridad, del invierno o del verano, del amor o del odio, de la verdad o la mentira, de la dicha o del sufrimiento. ¡Guárdenos, Jano, de los inviernos que se anuncian como veranos y de los odios que insisten en disfrazarse de amores!
No es casual que elija ilustrar esta entrada con uno de los temas del trabajo "Seven lives many faces" (2008, Enigma) hablando de caras y hablando de misterios. En este caso, precisamente "Las puertas del cielo", aludiendo al sitio que guarda la deidad bifronte, el que une la cuerda entre el principio y el final, el doble, el indeterminado Jano. Deliciosa pieza cantada en catalán, guardiana a su vez de recuerdos olvidables e indeterminados por estar anclados, precisamente, en la dualidad bifronte de una imagen vista al pasar, sobre el cristal empañado de un espejo que miente verdades.
Advertencia necesaria: La apropiación de tópicos provenientes de solares mejor iluminados, corre por cuenta exclusiva de la ausente firmante.
Un buen día, los libretos aparecieron desparramados en el suelo.
Alguien -con desgano- los juntó sin reparar demasiado en los folios, en el derecho ni el revés, ni siquiera en pares e impares.
Al principio nadie se dio cuenta. Salvo por alguna mirada, algún gesto extrañado, todos parecían estar de acuerdo con que la obra seguía.
Conforme avanzaba la trama, los dioses departían con los hombres en los bares de mala muerte y las gentes preocupadas por el horario de los ferrocarriles masticaban estrellas cruzando los brazos por debajo de la nuca.
Finalmente, alguien terminó por el principio mientras el personaje principal apenas acababa la segunda línea y esperaba impaciente al mensajero que traería desde lejos las noticias de lo que aún no había ocurrido.
El coro llegó a destiempo y Tiresias pasó de vidente a ciego, tras una bajada de telón.
Cuando los actores dieron por terminada la escena, hasta el público se preguntaba ,confundido, si esa parodia del mundo no era demasiado verosímil como para ser teatral. . .
Art of Noise - Instruments of darkness (cortesía no demasiado voluntaria de aza1029)
El amor de mentira
[...]
¿Eres fruto otoñal de sabor soberano? ¿Eres fúnebre vaso que espera algunas lágrimas, perfume que en oasis hace soñar remotos, almohada que acaricia, o cestillo de flores?
Yo sé que hay ciertos ojos, de los más melancólicos, que no esconden secretos preciados; medallones sin reliquias, y bellos estuches sin joyeles, más vacíos, más hondos que vosotros, ¡oh, cielos!
¿Pero no es suficiente que seas la apariencia para alegrar un pecho que la verdad rehúye? ¿Tu estupidez qué importa o qué tu indiferencia? ¡Salve telón o máscara! Yo adoro tu belleza.
"...man kann nicht nicht kommunizieren..." Paul Watzlawick
En 1835 se publicó en francés el "Método Ollendorf", como ayuda para el aprendizaje del idioma alemán. Aplaudido por las corrientes conductistas, se trata de un sistema que luego fue aplicado al aprendizaje de otras lenguas, entre ellas el español -no... ¡baje el dedo!, hablo del idioma-. Sucesivas ediciones de la obra hablan de su eficacia a la hora de aprender... a no comunicarse. Se trataba -explico breve y mal, pero no es el fin último de este diálogo, o tal vez sí...- de series de preguntas y respuestas que no necesariamente obedecían a la lógica y el contenido semántico de los mensajes, sino a reforzar estructuras sintácticas presentes en el diálogo.
Pongamos por caso... -¿Crees que lloverá? -No. Pero un gato visita mis sueños y me cuenta al oído el pronóstico de lo que ya sucedió...
Curiosamente, este método, en apariencia vaciado de significación para los políglotas en ciernes, se aplica en buena parte de las conversaciones diarias, entre hablantes de una misma lengua (si se me permite la absurda generalización).
¿De qué hablamos cuando hablamos? ¿Es posible acaso superar la barrera del yo para penetrar en la subjetividad del otro? ¿Degustar el peso y sustancia de sus palabras?¿Apreciar la dimensión exacta de los significantes?
Quitando el ponerse de acuerdo para un encuentro de fin de semana o la lista del supermercado, la mayoría de los intentos comunicativos entre algunas personas no dejan de ser una fiel muestra de que, todo diálogo es incompleto, un absurdo intento de salirse de la trampa interior, de la que jamás se podrá huir, pues se vive preso de la propia subjetividad.
-¿Qué queda cuando la realidad se vuelve contra sí misma? -Un ruido de sueños que se deshacen, sin dudas. -El costado oscuro de la luz. - Unas manos que construyen manos que destruyen... -¿Y de ti mismo? -Nada... -¿Los túneles de Sabato?
Cualquiera podría ser el significado de los enunciados. Más lejos, más cerca, jamás llegaremos a quebrar la distancia...
Acotación urgente: Poco más de un siglo después del surgimiento del "Método Ollendorf" y su discutible vacío comunicativo, surge la conocida hipótesis del epígrafe: Aunque toda comunicación es incompleta, dice Watzlawick que "es imposible no comunicar". . .
Abrió el maletín con ademán resuelto y observó complaciente cada uno de los preciosos instrumentos. Deslizó los dedos enguantados en los cantos, apreciando con morboso placer la superficie impecablemente lustrosa del acero que delataba la silueta de las herramientas que con tanto orgullo había reunido. Las tantas veces observadas, lustradas, ordenadas.
Sólo la dedicación y esmero de un paciente y prolijo coleccionista podía haber logrado tamaña obra con el magro presupuesto de un empleado público. Era bueno, sí que lo era.
Uno a uno fue disponiendo con deliciosa pulcritud los adjetivos más agudos (que estaban sobre el costado izquierdo del fieltro azul), los adverbios más largamente poderosos, un verbo especialmente determinante para la ocasión: sin perder ni un segundo los fue eligiendo y aplicando con ademanes quirúrgicos.
Las sienes, la nuca, los hombros.
Terminó pronto.
La obra está hecha, se dijo.
Sonrió y pensó con quién pasaría el fin de semana ahora que las sienes tantas veces y tan tiernamente besadas estaban demasiado pálidas como para hacer juego con sus camisas.
Ni siquiera fue preciso limpiar los aceros, se dijo. . .