Estamos en, casi, ninguna parte... (A. Dolina)











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jueves, 25 de diciembre de 2008

Instrucciones para transitar límites y otras geografías poco propicias




Retirarse como el mar, lentamente

hasta encontrar las orillas;

levantarse en espumas, hacia el cielo

sobre la superficie del alba.

Correr en busca de estrellas fugaces, por lo verdadero

sin perder el aliento en cada salto,


sin apagar constelaciones,


sin perder el rastro


tras la nube.





Encender la mañana, porque sí,

con un tizón palpitante.

Festejar con palabras de arena y amor

el tímido roce del agua
.

Escuchar el rugido del tiempo bajo el horizonte


sin quitar las puntas de los pies,


sin temblar ante su abrazo urgente


sin mirar atrás.





Perderse hasta encontrar, casi al descuido

el origen mismo del viento


en una cueva olvidada
:

entre los riscos lejanos del recuerdo.


Deshojar los pétalos del oleaje, desde alguna roca distante


sin detener su ritmo líquido


sin quebrar el límpido vuelo


sin defenderse del mal.





Recuperar de a poco el aliento,

sin dejar
espacio libre

entre las sombras dormidas.


Arrastrar el alma por rincones desiertos


despertando el murmullo de voces salinas.


Caminar el regreso al silencio


sin conjurar el latido,


sin rasgar la profundidad del sueño,


sin borrar las huellas que se hunden

a cada paso,


en el territorio
de la soledad.







miércoles, 4 de junio de 2008

Pavana (Jethro Tull)




Ni cómos, ni porqués.

Sólo la doctrina circular de aquello que está destinado a repetirse: repetirnos.

El secreto terror de lo conocido que nos muerde el talón y el futuro (inútil remedo del pasado, más grotesco, menos indulgente).

Inútil e inacabado. El presente tropieza con la nuca del tiempo y crujen los engranajes.

Ruido de clavos urgentes.

Ruido de dados que caen siempre del lado de perder.

Todos masticando el ropaje ficticio del tiempo, viajero cansado de correr hacia ningún lugar.

Un día de éstos, le haré caso a las voces que asaltan los rincones desconocidos y cavaré un pozo profundísimo dónde enterrar tanto ruido, tanto miedo, tanta torpe ingenuidad.

Mientras tanto, gracias por la música (otra forma de enterrar miedos y ruidos).


sábado, 17 de mayo de 2008

El arte de la ausencia


"En Occidente, las virtudes teatrales de la omisión fueron ejercidas del modo más sublime por el ya legendario Ian Wilenski. Como todos sabemos, este artista continuaba desarrollando su energía actoral aun cuando su personaje no estuviera en el escenario. A decir verdad, era precisamente en esos momentos de ausencia cuando Wilenski hacía notar su increíble capacidad de no expresar.


Sus comienzos en la compañía del director Enrique Argenti no fueron muy prometedores.
Se destacaba, eso sí, por su extraordinaria concentración: si tenía que disparar una flecha en el tercer acto, su arco ya estaba tenso una hora antes de la función: si moría en el primer acto, no había forma de hacerlo reaccionar hasta que los serenos que cuidaban el teatro lo arrojaban afuera.

En 1957, un crítico se refirió a su actuación diciendo que el público no veía la hora de que Wilensky se fuera del escenario. Los amigos del actor lograron convencerlo de que el dictamen estaba referido a la fuerte impresión que dejaba la ausencia de su personaje.
[...]

Hay que reconocer que la fama lo alteró. Sabedor del brillo de sus ausencias, procedió a ejercerlas en su vida personal. Se hacía invitar a todas las fiestas del ambiente, solamente para no ir. En su casa, casi nunca lo veían. Sin embargo, la inasistencia absoluta es imposible. Uno siempre está en alguna parte."



Alejandro Dolina en "El libro del fantasma". Ed. Booket.

miércoles, 16 de abril de 2008




Regreso por partida doble

No está.

Pero sé que vuelve.

Cuando las trombas endiabladas anuncien el ritmo de la aurora, llegará.

Cuando las horas interminables se agolpen alocadamente

en el seno de la oscuridad.

Y el cuerpo agonizante del mar se desplome en la orilla.


No temo.

Aunque truene su bocaza oscura.

Aunque la arena se desangre entre los dedos

y no haya esperanzas de mañana en esa danza rumiante y banal.

No temeré a los ojos que perforen horizontes

para explicar nuestra presencia.

Ni a las huestes de sal que se encabritarán sobre las aguas.


No tiemblo.

No te asustes.

Son los restos del día que se arrastran bajo mis pies sinceros.

Y no te extrañe que todo siga su curso

cuando la sombra rígida del viento nos quiebre las alas.

Me acurrucaré, entonces, en un rincón del cielo

y escucharé llegar sus errantes pisadas de animal sin dueño.


No me sigas.

No me esperes con la límpida paciencia de tus puños pedregosos

ni importunes con reclamos el sueño verbal de los poetas.

Tardaré más de la cuenta.

No me veas llorar.