Abrió el maletín con ademán resuelto y observó complaciente cada uno de los preciosos instrumentos. Deslizó los dedos enguantados en los cantos, apreciando con morboso placer la superficie impecablemente lustrosa del acero que delataba la silueta de las herramientas que con tanto orgullo había reunido.
Las tantas veces observadas, lustradas, ordenadas.
Sólo la dedicación y esmero de un paciente y prolijo coleccionista podía haber logrado tamaña obra con el magro presupuesto de un empleado público.
Era bueno, sí que lo era.
Uno a uno fue disponiendo con deliciosa pulcritud los adjetivos más agudos (que estaban sobre el costado izquierdo del fieltro azul), los adverbios más largamente poderosos, un verbo especialmente determinante para la ocasión: sin perder ni un segundo los fue eligiendo y aplicando con ademanes quirúrgicos.
Las sienes, la nuca, los hombros.
Terminó pronto.
La obra está hecha, se dijo.
Sonrió y pensó con quién pasaría el fin de semana ahora que las sienes tantas veces y tan tiernamente besadas estaban demasiado pálidas como para hacer juego con sus camisas.
Ni siquiera fue preciso limpiar los aceros, se dijo.
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Estamos en, casi, ninguna parte... (A. Dolina)
viernes, 27 de noviembre de 2009
martes, 10 de noviembre de 2009
Refutación del regreso
Penélope, los lunes, guardaba las agujas.
Lo hacía bien de mañana, con la esperanza [no de la vuelta, sino] de la llegada del olvido.
La madrugada del martes comprobaba, con ahogada impotencia, cuán largo y extenso era el tejido de la memoria.
Y volvía a anudar los extremos.
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Lo hacía bien de mañana, con la esperanza [no de la vuelta, sino] de la llegada del olvido.
La madrugada del martes comprobaba, con ahogada impotencia, cuán largo y extenso era el tejido de la memoria.
Y volvía a anudar los extremos.
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domingo, 8 de noviembre de 2009
Presente imperfecto
De haberlo sabido, hubiera dejado crecer dos o tres adjetivos más o menos oscuros, cultivado un almácigo de gerundios huecos y torvos, regado una docena de participios inútiles; para ofrecérselos en ramo a la certeza-el día que pasara frente a mi puerta- de que nadie vuelve jamás.
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lunes, 5 de octubre de 2009
Apuntes para una deconstrucción
Una barba extrañamente azul
Tres hermanas que fueron solo una
El amable paseo por la campiña de la seducción
Historias deliciosas, manjares exquisitos, un castillo
Un viaje, un llavero, una puerta secreta
La llave, libertad encarcelada y "todo lo que le apetezca a tu corazón"
Tres pisos de altura y cien puertas en cada ala
La necesaria bajada al sótano, la habitación prohibida
Huesos ennegrecidos y sangre
Sangre y huesos ennegrecidos
Llave y lágrimas
Carmín chorreante en el blanco delator de la falda
Crin de caballo, cenizas, fuego...
Inútiles para olvidar el recuerdo
Para ocultar lo evidente
Demasiado tarde
-Ahora te toca a ti, señora mía-
¡Sólo un poco de tiempo!
(Es necesario preparar el alma para morir)
La huida escaleras arriba
El rescate de un racimo de gritos mudos
Un torbellino que sube desde el horizonte
Una maraña de espadas y buitres vengadores
La victoria de los débiles
Libertad
en el alma
domingo, 27 de septiembre de 2009
Anagnórisis II
Una mañana de julio comprobó -no sin cierto dejo de inquietud- que su rostro, visto en el espejo de bordes carcomidos, empalidecía y se tornaba extrañamente difuso. Se desdibujaba, como si un punto central fuera absorbiendo gravitatoriamente las líneas, los colores, los ángulos...
-Una visita urgente al oftalmólogo... - había pensado alguna vez, e insistió con ello.
Mientras tanto, no dejó de notar más allá de los límites del recorte borroso que insistía con remedar sus mohines de manera absurda e incompleta, que la habitación se había llenado con la extraña presencia.
Se levantó un tanto, movió la cabeza a izquierda y derecha para poder apreciar mejor en los diferentes ángulos eso que las tangentes le habían devuelto siempre mejor que si mirara la realidad de frente y sin pudores; tocó la superficie fría con la nariz, intentando adivinar en los vértices oscuros de la bidimensión alguna evidencia de lo conocible. Escudriñó sigilosamente el eje mismo de las simetrías humedecidas por el aliento cercano. Y sí. Allí estaban.
Un descuido, tal vez una ventana mal cerrada que había cedido con algún furioso viento el otoño último o el espacio anoréxico en las persistentes rendijas de la puerta. Por algún lado habían entrado las pequeñas invasoras en hileritas viboreantes y ahora recorrían los tirantes del techo y los bordes de los muebles.
Recordó a Octavio Paz mientras sacudía los almohadones inútilmente para comprobar luego que seguían allí, imperturbables y frías.
"Chillen, putas..."
Cada tanto volvía al espejo y comprobaba que eran cada vez más. Inmutables en su actitud de denuncia. Hubiera querido correr hasta el baño y volver con una pincita. Meter su mano en el cristal y extraerlas una a una, con pretensión de cirujano, sin romperles los huesitos diminutos (las palabras no son tan gelatinosas como simulan a veces).
Pero ahí estaban. Orgullosamente tendidas sobre la imagen de la mesa y los papeles, bajo las patas de los muebles que ahora se retorcían cada tanto, urgidos por la urticante cercanía de las consonantes.
O, al menos, eso mostraba el reflejo oscilante cuando se corrían las cortinas y entraba alguna luz en la habitación -aunque... debería admitirlo ya mismo- la visión comenzaba a suceder incluso entre las sombras.
Nunca supo del todo cuándo había empezado aquello. Creo que comprendió que se había convertido en un auténtico problema el día que comprobó espantada, tras la mirada extrañada de un vendedor de cospeles, que se había puesto un zapato de cada color (minutos antes y a pesar de haber sido interrogado varias veces, el cada vez menos confiable y más asimétrico enemigo no había denunciado la menor diferencia entre ambos pies).
Y era que las pequeñas y peluditas palabrejas desordenadas habían perforado completamente lo que intentara ver de sí en el espejo. Al punto que volvían harto dificultosa la tarea de establecer si su imagen era más o menos presentable antes de salir a la calle.
-¿Será que las paredes oscuras...? ¿Que la poca iluminación y por eso...?-. Ya se sabe cuán fácil es para ciertas mujeres el excusar a sus verdugos más hostiles.
Y además estaba eso de las columnas de hormiguitas con y sin serif adheridas en los muebles, arrastrándose en el piso, bajo la alfombra y sobre ella. Si tenían relación ambas cosas, no importaba mucho, valga decir solamente que las extrañezas habían comenzado más o menos a la misma altura del año.
Ya lo sabe cualquier lector de horóscopos más o menos avezado en la materia: la concomitancia de fechas puede alcanzar para asignarle un destino similar (cercano a la heroicidad o al más sórdido de los anonimatos) tanto al heladero agnóstico de Punta Lara como al misionero anglicano de Otawa.
No fue si no hasta un martes, unos meses después, que confirmó sin demasiado sobresalto, que el curioso mentidor había persistido en sus dudosos registros hasta reemplazar limpiamente su reflejo más o menos pálido y treintañero con todo y zapatos, por un extenso tratado escrito en lenguas (si hablo de la mezcla de idiomas), que si hablo de superficies de escritura podría referir la habitación entera, o aquello que en el halo cristalino podía reflejarse. Entonces, ya no hubo dudas en cuanto al punto de contacto entre la filtración subrepticia de verbos y adjetivos hormigueantes dentro de la casa y la pérdida gradual de la nitidez en la imagen que devolvía el interior del marco avejentado. Algún adverbio, a lo sumo, podía declararse decididamente inocente, aunque fuera casi inútil hacerlo en medio de tanto desorden de conceptos que desmentían categóricamente cuanto intentara duplicarse en el espejo.
-Inútil descrifrarlo- musitó ella mientras leía un tomo de la biblioteca que fuera más amable que todo el desorden de signos que decoraba el empapelado y las cortinas.
Al dar vuelta la última página del que reunía la obra entera de Sófocles, comprendió que Edipo había decidido arrancarse los ojos para ver, por fin, lo ocultado por la soberbia pretensión de saber lo que le estaba vedado, de saber lo que las palabras le mostraban y ocultaban a la vez.
-Para saber quién era él mismo...- pensó mientras le daba la espalda a su imagen ausente.
(Edición corregida y aumentada, para desgracia de los paseantes.)
.
-Una visita urgente al oftalmólogo... - había pensado alguna vez, e insistió con ello.
Mientras tanto, no dejó de notar más allá de los límites del recorte borroso que insistía con remedar sus mohines de manera absurda e incompleta, que la habitación se había llenado con la extraña presencia.
Se levantó un tanto, movió la cabeza a izquierda y derecha para poder apreciar mejor en los diferentes ángulos eso que las tangentes le habían devuelto siempre mejor que si mirara la realidad de frente y sin pudores; tocó la superficie fría con la nariz, intentando adivinar en los vértices oscuros de la bidimensión alguna evidencia de lo conocible. Escudriñó sigilosamente el eje mismo de las simetrías humedecidas por el aliento cercano. Y sí. Allí estaban.
Un descuido, tal vez una ventana mal cerrada que había cedido con algún furioso viento el otoño último o el espacio anoréxico en las persistentes rendijas de la puerta. Por algún lado habían entrado las pequeñas invasoras en hileritas viboreantes y ahora recorrían los tirantes del techo y los bordes de los muebles.
Recordó a Octavio Paz mientras sacudía los almohadones inútilmente para comprobar luego que seguían allí, imperturbables y frías.
"Chillen, putas..."
Cada tanto volvía al espejo y comprobaba que eran cada vez más. Inmutables en su actitud de denuncia. Hubiera querido correr hasta el baño y volver con una pincita. Meter su mano en el cristal y extraerlas una a una, con pretensión de cirujano, sin romperles los huesitos diminutos (las palabras no son tan gelatinosas como simulan a veces).
Pero ahí estaban. Orgullosamente tendidas sobre la imagen de la mesa y los papeles, bajo las patas de los muebles que ahora se retorcían cada tanto, urgidos por la urticante cercanía de las consonantes.
O, al menos, eso mostraba el reflejo oscilante cuando se corrían las cortinas y entraba alguna luz en la habitación -aunque... debería admitirlo ya mismo- la visión comenzaba a suceder incluso entre las sombras.
Nunca supo del todo cuándo había empezado aquello. Creo que comprendió que se había convertido en un auténtico problema el día que comprobó espantada, tras la mirada extrañada de un vendedor de cospeles, que se había puesto un zapato de cada color (minutos antes y a pesar de haber sido interrogado varias veces, el cada vez menos confiable y más asimétrico enemigo no había denunciado la menor diferencia entre ambos pies).
Y era que las pequeñas y peluditas palabrejas desordenadas habían perforado completamente lo que intentara ver de sí en el espejo. Al punto que volvían harto dificultosa la tarea de establecer si su imagen era más o menos presentable antes de salir a la calle.
-¿Será que las paredes oscuras...? ¿Que la poca iluminación y por eso...?-. Ya se sabe cuán fácil es para ciertas mujeres el excusar a sus verdugos más hostiles.
Y además estaba eso de las columnas de hormiguitas con y sin serif adheridas en los muebles, arrastrándose en el piso, bajo la alfombra y sobre ella. Si tenían relación ambas cosas, no importaba mucho, valga decir solamente que las extrañezas habían comenzado más o menos a la misma altura del año.
Ya lo sabe cualquier lector de horóscopos más o menos avezado en la materia: la concomitancia de fechas puede alcanzar para asignarle un destino similar (cercano a la heroicidad o al más sórdido de los anonimatos) tanto al heladero agnóstico de Punta Lara como al misionero anglicano de Otawa.
No fue si no hasta un martes, unos meses después, que confirmó sin demasiado sobresalto, que el curioso mentidor había persistido en sus dudosos registros hasta reemplazar limpiamente su reflejo más o menos pálido y treintañero con todo y zapatos, por un extenso tratado escrito en lenguas (si hablo de la mezcla de idiomas), que si hablo de superficies de escritura podría referir la habitación entera, o aquello que en el halo cristalino podía reflejarse. Entonces, ya no hubo dudas en cuanto al punto de contacto entre la filtración subrepticia de verbos y adjetivos hormigueantes dentro de la casa y la pérdida gradual de la nitidez en la imagen que devolvía el interior del marco avejentado. Algún adverbio, a lo sumo, podía declararse decididamente inocente, aunque fuera casi inútil hacerlo en medio de tanto desorden de conceptos que desmentían categóricamente cuanto intentara duplicarse en el espejo.
-Inútil descrifrarlo- musitó ella mientras leía un tomo de la biblioteca que fuera más amable que todo el desorden de signos que decoraba el empapelado y las cortinas.
Al dar vuelta la última página del que reunía la obra entera de Sófocles, comprendió que Edipo había decidido arrancarse los ojos para ver, por fin, lo ocultado por la soberbia pretensión de saber lo que le estaba vedado, de saber lo que las palabras le mostraban y ocultaban a la vez.
-Para saber quién era él mismo...- pensó mientras le daba la espalda a su imagen ausente.
(Edición corregida y aumentada, para desgracia de los paseantes.)
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Existencia,
Las trampas de la razón
sábado, 5 de septiembre de 2009
Fotos veladas
Más allá de las consideraciones de valor artístico, que tienen la irrefrenable costumbre de ser discutibles del derecho y del revés, este sitio con ánimo de diario de viaje, decide hoy que sonidos y ritmos poco usuales envuelvan el azul, aunque más no sea para entibiarlo.
Una letra, un ritmo adormecedor, pueden ser el mantra que alivie el paso cuando el camino se ha perdido en latitudes hostiles y sólo se avanza con la secreta esperanza de encontrar la frontera de lo incierto.
Cuando se abriga el deseo de que todo no haya sido más que un mal sueño. Un mareo.
Una letra, un ritmo adormecedor, pueden ser el mantra que alivie el paso cuando el camino se ha perdido en latitudes hostiles y sólo se avanza con la secreta esperanza de encontrar la frontera de lo incierto.
Cuando se abriga el deseo de que todo no haya sido más que un mal sueño. Un mareo.
El mareo (Cerati & Bajofondo Tango Club)
Avanzo y escribo
Decido un camino
Las ganas que quedan se marchan con vos
Se apaga el deseo
Ya no me entreveo
Y hablar es lo que se me da mejor
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
El aire me ciega, hay vidrio en la arena
Ya no me da pena, dejarte un adiós
Así son las cosas, amargas borrosas
Son fotos veladas de un tiempo mejor
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
El aire me ciega, hay vidrio en la arena
Ya no me da pena, dejarte un adiós
Así son las cosas, amargas borrosas
Son fotos veladas de un tiempo mejor
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
Con los ojos no te veo
Sé que se me viene el mareo
Y es entonces cuando quiero salir a caminar
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jueves, 3 de septiembre de 2009
Orígenes
¿Qué fuiste antes de ser piedra, golpe, espejo roto en el silencio de la noche?
¿Qué eras cuando el aire, las olas,
cuando la luz de la luna ahogaba oscuridades
y sólo se oía un vuelo de pájaros entre las sombras?
¿Qué eras antes del tiempo mineral de los recuerdos?
Antes del cielo y el andar de los planetas,
antes de mí,
de ti,
del miedo.
Antes del tiempo urgente de los intentos.
Quizá árbol, nube, escarcha en la mirada.
Quizá rumor de pasos perdiéndose en los pasillos quemados de una voz antigua.
Quizá monte, brisa, rayo,
sangre tibia derramada,
o sólo el primer verso del poema.
-
¿Qué eras cuando el aire, las olas,
cuando la luz de la luna ahogaba oscuridades
y sólo se oía un vuelo de pájaros entre las sombras?
¿Qué eras antes del tiempo mineral de los recuerdos?
Antes del cielo y el andar de los planetas,
antes de mí,
de ti,
del miedo.
Antes del tiempo urgente de los intentos.
Quizá árbol, nube, escarcha en la mirada.
Quizá rumor de pasos perdiéndose en los pasillos quemados de una voz antigua.
Quizá monte, brisa, rayo,
sangre tibia derramada,
o sólo el primer verso del poema.
-
martes, 18 de agosto de 2009
"La vida es sueño" (Un rejunte insolente...)
Advertencia preliminar: Esto es algo así como un imperdonable cadáver exquisito armado desde la más arbitraria y sórdida de las trincheras -sí, desde ahí-.
Bueno, largamos (en caso de sospechar de que nada encaja con nada, déjese de vueltas y confírmelo sin asco).
"Acto II: Segismundo ha regresado a la prisión y Clotaldo le convence de que todo lo que ha vivido ha sido un sueño.
SEGISMUNDO
Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es hasta despertar.
[...]
Sueña el rico en su riqueza
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende;
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."
Y si de citar se trata, que parece que así serán las cosas hoy, podría rematarse con aquello de solo "somos un punto, un punto de luz".
Digamos que un baldazo de agua fría en las espaldas del ego ensoberbecido. En definitiva, de última, en última instancia -elija la locución que más le cuadre, lo mismo dará- hasta el grito más desgarrador terminará asfixiado entre las falanges del tiempo; las lágrimas más abundantes se secarán para siempre en el desierto de la soledad más absoluta (porque es desde ahí y hacia ahí donde vamos/venimos, elija hacia dónde quiere extender la mirada, es la misma arena y son las mismas lágrimas).
"Nos vamos meciendo en un gran ataúd" y tenerlo presente resulta bien para comprender que no hay medida para el dolor que pueda verse desde tan lejos.
No hay en la tierra ni fuera de ella quien pueda escuchar el gemido. Antes de producirse ya se redujo a nada -y con él- el dolor del alma que lo provocó -y con él- el alma herida que creyó absurdamente que el sueño podía ser algo más que eso.
Sueña el que canta:
"Mi vida, fuimos a volar
con un solo paracaídas,
uno sólo va aquedar
volando a la deriva.
Vivir así no es vivír
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando.
Le dije a mi corazón
sin gloria pero sin pena
no cometas el crimen, varón,
si no vas a cumplir la condena.
[...]
No te preocupes, Paloma
hoy no estoy adentro mío
tu amor es mi enfermedad
soy un envase vacío"
Lo último de Andrés Calamaro, más arriba algo de Aute y al principio, cuando la entrada prometía lo que nunca cumplió, nuestro queridísimo Pedro Calderón de la Barca.
Un aplauso para los musiqueros...
* Advertencia a deshoras: lo de cadáver exquisito iba, no por el género poético de neto corte surrealista y colectivo, sino por los restos sangrantes cortados a tijera.
Citado involuntario: lo de "rejunte insolente" es un plagio liso y llano capturado en regiones más afortunadas del universo.
Y ya que estamos... donde dice "regiones más afortunadas" por más que se disimule muy bien, hay un link.
Bueno, largamos (en caso de sospechar de que nada encaja con nada, déjese de vueltas y confírmelo sin asco).
"Acto II: Segismundo ha regresado a la prisión y Clotaldo le convence de que todo lo que ha vivido ha sido un sueño.
SEGISMUNDO
Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es hasta despertar.
[...]
Sueña el rico en su riqueza
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende;
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."
Y si de citar se trata, que parece que así serán las cosas hoy, podría rematarse con aquello de solo "somos un punto, un punto de luz".
Digamos que un baldazo de agua fría en las espaldas del ego ensoberbecido. En definitiva, de última, en última instancia -elija la locución que más le cuadre, lo mismo dará- hasta el grito más desgarrador terminará asfixiado entre las falanges del tiempo; las lágrimas más abundantes se secarán para siempre en el desierto de la soledad más absoluta (porque es desde ahí y hacia ahí donde vamos/venimos, elija hacia dónde quiere extender la mirada, es la misma arena y son las mismas lágrimas).
"Nos vamos meciendo en un gran ataúd" y tenerlo presente resulta bien para comprender que no hay medida para el dolor que pueda verse desde tan lejos.
No hay en la tierra ni fuera de ella quien pueda escuchar el gemido. Antes de producirse ya se redujo a nada -y con él- el dolor del alma que lo provocó -y con él- el alma herida que creyó absurdamente que el sueño podía ser algo más que eso.
Sueña el que canta:
"Mi vida, fuimos a volar
con un solo paracaídas,
uno sólo va aquedar
volando a la deriva.
Vivir así no es vivír
esperando y esperando
porque vivir es jugar
y yo quiero seguir jugando.
Le dije a mi corazón
sin gloria pero sin pena
no cometas el crimen, varón,
si no vas a cumplir la condena.
[...]
No te preocupes, Paloma
hoy no estoy adentro mío
tu amor es mi enfermedad
soy un envase vacío"
Lo último de Andrés Calamaro, más arriba algo de Aute y al principio, cuando la entrada prometía lo que nunca cumplió, nuestro queridísimo Pedro Calderón de la Barca.
Un aplauso para los musiqueros...
* Advertencia a deshoras: lo de cadáver exquisito iba, no por el género poético de neto corte surrealista y colectivo, sino por los restos sangrantes cortados a tijera.
Citado involuntario: lo de "rejunte insolente" es un plagio liso y llano capturado en regiones más afortunadas del universo.
Y ya que estamos... donde dice "regiones más afortunadas" por más que se disimule muy bien, hay un link.
sábado, 1 de agosto de 2009
Denegación
Si, como afirma el griego en el Cratilo
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de "rosa", está la rosa,
y todo el Nilo en la palabra "Nilo".
J. L. Borges
en las letras de "rosa", está la rosa,
y todo el Nilo en la palabra "Nilo".
J. L. Borges
El lenguaje tiene la curiosa propiedad de distanciarnos de las cosas, de las personas, de nosotros mismos. Ponemos la palabra ahí, donde no está el nido -si vale la pampeana metáfora-.
Dicen, las gentes... dicen y el decir es forma de tomar una porción de realidad, examinarla entre las manos, valorar su peso y tamaño, para dejarla luego en un estante vacío al que no se piensa volver jamás.
Decimos para recordar el olvido.
La palabra escudo, la palabra nudo frágil, la palabra humana que deshumaniza lo evocado, que lo objetiva, que lo nutre, lo construye y lo desarma con la misma mirada impávida; que promete, amenaza y sentencia la muerte y resurrección de lo nombrado.
Usted dice -por ejemplo- "para siempre" y antes de medio segundo después, obra el contrahechizo: la eternidad muestra su fecha de vencimiento en el revés del dobladillo.
Sin embargo, suponga que ejerce el supremo derecho de la denegación, haciendo de cuentas que Lacan es un viejito sordo que ya nadie lee. Entonces, al principio de realidad le urgirá demostrarle que, paradójicamente, la inexistencia niega la posibilidad de negar. Dicho de otra forma, toda proposición que contenga a la cosa, aunque negándola, no hace más que rubricar su evidencia.
Dialéctica verbal: negamos al nombrar y al negar predicamos la existencia.
Convénzase de una buena vez... hablar es un simulacro del juego de la vida y una de sus propiedades fundamentales es la evanescencia, las reglas caducan irremediablemente al momento mismo de pronunciarlas; puede usted sacudir sus zapatos sin el menor atisbo de vergüenza y seguir caminando con las manos en los bolsillos mientras acerca la lengua húmeda a los oídos de los circunstanciales paseantes.
Mientras tanto, el mundo (el discurso) sigue girando.
.
jueves, 23 de julio de 2009
Después del fin
"...y con tanto ruido, no se oyó el ruido del mar."
J. Sabina
J. Sabina
El silencio se abrió desde la superficie de las aguas de la verdad negada por la palabra.
Y la noche fue día en el que se vio la mano monstruosa de lo oculto emerger desde el latido del viento.
Tronaron las paredes del cielo con todas las voces de todas las lenguas que eran solo una y quisieron gritar algo desconocido y fatal (el universo vacío no lo pudo escuchar).
Y el pasado y el futuro fueron recortados con el filo del horizonte y empezaron a andar en direcciones opuestas dejando a su paso un rastro de sangre.
Y el rastro de sangre dividió las aguas y aquí fue el mar y allá la roca para el abrigo del águila.
Y el rastro de sangre dividió la roca y aquí fue el cielo y allá la silueta de la mujer callada que mira el águila desde el borde del risco.
Y el rastro de sangre dividió la mirada y aquí fue el pasado y allá el futuro.
Y el rastro se detuvo sobre el vientre helado de la mujer y lo rasgó con su punzante uña roja.
Y el vientre muerto dio a luz la palabra "presente" en medio de gritos sordos y lágrimas de piedra rota.
Y el rastro dibujó un páramo que abrió sus fauces y devoró al hijo que yacía aferrado al pecho vacío. (No se resistieron, los brazos líquidos del mar.)
No había nadie para recordarlo.
Era el séptimo día.
Y un viejo y olvidado dios de barro -por fin- descansó.
viernes, 9 de enero de 2009
Transparencia
El árbol, el pájaro, la nube.
Todo se refleja en la superficie nítida de una lágrima.
Todo a través de su cristal inobjetable.
El cielo que muere,
la pisada que se hunde... se hunde en el fondo del alma.
Todo se refleja en su limpidez infinita.
Un amanecer desgarrado
que decidió quedarse para siempre habitando la piel del dolor.
Todo se refleja en su verdad de hielo y sal.
Todo en una lágrima que huye descarriada
todo en su mortal y efímero camino
todo en su cauce inapelable.
Pero, más allá de las palabras,
más acá del silencio endemoniado que taladra los oídos,
se refleja una silueta recortada.
Allí la ausencia grita desolada
las letras de tu nombre.
Todo se refleja en la superficie nítida de una lágrima.
Todo a través de su cristal inobjetable.
El cielo que muere,
la pisada que se hunde... se hunde en el fondo del alma.
Todo se refleja en su limpidez infinita.
Un amanecer desgarrado
que decidió quedarse para siempre habitando la piel del dolor.
Todo se refleja en su verdad de hielo y sal.
Todo en una lágrima que huye descarriada
todo en su mortal y efímero camino
todo en su cauce inapelable.
Pero, más allá de las palabras,
más acá del silencio endemoniado que taladra los oídos,
se refleja una silueta recortada.
Allí la ausencia grita desolada
las letras de tu nombre.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Instrucciones para transitar límites y otras geografías poco propicias

Retirarse como el mar, lentamente
hasta encontrar las orillas;
levantarse en espumas, hacia el cielo
sobre la superficie del alba.
Correr en busca de estrellas fugaces, por lo verdadero
sin perder el aliento en cada salto,
sin apagar constelaciones,
sin perder el rastro
tras la nube.
Encender la mañana, porque sí,
con un tizón palpitante.
Festejar con palabras de arena y amor
el tímido roce del agua.
Escuchar el rugido del tiempo bajo el horizonte
sin quitar las puntas de los pies,
sin temblar ante su abrazo urgente
sin mirar atrás.
Perderse hasta encontrar, casi al descuido
el origen mismo del viento
en una cueva olvidada:
entre los riscos lejanos del recuerdo.
Deshojar los pétalos del oleaje, desde alguna roca distante
sin detener su ritmo líquido
sin quebrar el límpido vuelo
sin defenderse del mal.
Recuperar de a poco el aliento,
sin dejar espacio libre
entre las sombras dormidas.
Arrastrar el alma por rincones desiertos
despertando el murmullo de voces salinas.
Caminar el regreso al silencio
sin conjurar el latido,
sin rasgar la profundidad del sueño,
sin borrar las huellas que se hunden
a cada paso,
en el territorio de la soledad.
hasta encontrar las orillas;
levantarse en espumas, hacia el cielo
sobre la superficie del alba.
Correr en busca de estrellas fugaces, por lo verdadero
sin perder el aliento en cada salto,
sin apagar constelaciones,
sin perder el rastro
tras la nube.
Encender la mañana, porque sí,
con un tizón palpitante.
Festejar con palabras de arena y amor
el tímido roce del agua.
Escuchar el rugido del tiempo bajo el horizonte
sin quitar las puntas de los pies,
sin temblar ante su abrazo urgente
sin mirar atrás.
Perderse hasta encontrar, casi al descuido
el origen mismo del viento
en una cueva olvidada:
entre los riscos lejanos del recuerdo.
Deshojar los pétalos del oleaje, desde alguna roca distante
sin detener su ritmo líquido
sin quebrar el límpido vuelo
sin defenderse del mal.
Recuperar de a poco el aliento,
sin dejar espacio libre
entre las sombras dormidas.
Arrastrar el alma por rincones desiertos
despertando el murmullo de voces salinas.
Caminar el regreso al silencio
sin conjurar el latido,
sin rasgar la profundidad del sueño,
sin borrar las huellas que se hunden
a cada paso,
en el territorio de la soledad.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Enigmas
"Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta,
nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo.
Por supuesto que entonces ya no queda pregunta alguna;
y esto es precisamente, la respuesta."
Ludwig Wittgenstein.-
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Las trampas de la razón
lunes, 3 de noviembre de 2008
Gnosis
Mis manos conocieron hoy
la silueta del vacío.
Uno a uno, mis dedos recorrieron
sus fronteras tortuosas,
saboreando la tersura fría de la inexistencia,
sus concavidades huesudas,
sus valles interminables.
Mis manos presintieron
el comienzo del fin,
mientras el cielo dibujaba
una aurora inaugural
con gesto ausente.
Uno a uno,
visité los espacios ingrávidos del olvido,
encontrando en cada esquina
una inútil excusa
para morir un poco,
para resbalar y caer
más al fondo de mí.
Hoy me recosté en la penumbra,
junto a los pájaros dormidos
en un rincón de la playa.
Y el devenir de las aguas
me arrulló en la madrugada.
la silueta del vacío.
Uno a uno, mis dedos recorrieron
sus fronteras tortuosas,
saboreando la tersura fría de la inexistencia,
sus concavidades huesudas,
sus valles interminables.
Mis manos presintieron
el comienzo del fin,
mientras el cielo dibujaba
una aurora inaugural
con gesto ausente.
Uno a uno,
visité los espacios ingrávidos del olvido,
encontrando en cada esquina
una inútil excusa
para morir un poco,
para resbalar y caer
más al fondo de mí.
Hoy me recosté en la penumbra,
junto a los pájaros dormidos
en un rincón de la playa.
Y el devenir de las aguas
me arrulló en la madrugada.
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