viernes, 18 de julio de 2008
Souvenirs...
El segundo, en vivo, un fragmento del reencuentro con el público oriental, en el 2004.
Dos momentos para una de las más bellas melodías del autor. En ella, la pura sustancia musical atraviesa, sinuosa, las hebras invisibles del alma.
Detiene... detiene, de a poco, el ritmo y la respiración se entrecorta hasta hacer un alto en el segundo final.
Un intento -inútil, por cierto, poderosamente bello e inútil- de burlar el paso del tiempo.
jueves, 10 de julio de 2008
Decir espera es un crimen,
decir mañana es igual que matar,
ayer de nada nos sirve,
las cicatrices no ayudan a andar.
Sólo morir permanece
como la más inmutable razón,
vivir es un accidente,
un ejercicio de gozo y dolor.
Quien pone reglas al juego
se engaña si dice que es jugador,
lo que le mueve es el miedo
de que se sepa que nunca jugó.
La ciencia es una estrategia,
es una forma de atar la verdad
que es algo más que materia,
pues el misterio se oculta detrás.
Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso, de paso..
de paso...
Hay demasiados profetas,
profesionales de la libertad,
que hacen del aire, bandera,
pretexto inútil para respirar
En una noche infinita
que va meciendo a este gran ataúd
donde olvidamos que el día
sólo es un punto, un punto de luz.
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso, de paso...
de paso...
Luis Eduardo Aute
De tarde en tarde, puede caerse en la inútil precaución de la certeza.
Las agujas que definen con envidiable elegancia el ángulo de las menos cuarto, las luces que se encienden en la calle y los vendedores de Avón pueden contribuir a esa curiosa pretensión.
Todo parece indicar que es hora de doblar en cuatro la prestigiosa geografía de la evidencia y correr las cortinas (por más que todos parezcan haberse puesto de acuerdo en cerrarlas); de abrir los cajones del escritorio y ver qué hay detrás de la geometría rectangular de sus obviedades, de apostar todo el capital a un paquete de gomitas y parar en la esquina el primer colectivo que pase.
Y subir sin preguntar adónde va.
Y sentarse en un asiento cualquiera.
Y apoyar la nariz contra el cristal.
Y sacarle la lengua a los postes de teléfono que enumeran las huesudas simetrías de las avenidas principales:
1, 2, 3 ,4...
Pero más que nada.
Pero sobre todo...
... es tiempo de volver al generoso distrito de la duda.
domingo, 29 de junio de 2008
sábado, 28 de junio de 2008
"Desde adentro, toda obra es un fracaso"
(Lisa Gerrard & Hyperborea)
"El poeta no tiene otra alternativa que inventar o crear otros mundos. La poesía crea realidad, no ficción".
Así comienza, Roberto Juarroz, a desgranar una serie de ideas relativas a la esencia (o existencia) de la poesía, de una forma que hubiéramos querido hacer nuestra, todos los que habitamos jornadas imprecisas entre el gozo y el espanto de la palabra.
Preguntado por qué se escribe, por qué se lee, por qué el alma del escribiente no necesita pensarlo dos veces al elegir entre hacer zapping con un paquete de papas fritas en la mano y sentarse a desangrar adverbios sobre un papel, sobre un teclado, a la orilla de un alma; bien se pueden tomar por respuesta las palabras del autor, quien afirma que la poesía es "la mayor realidad posible porque es la que cobra conciencia real de la infinitud."
-Demasiado poder- dirán los escépticos, mientras pelan naranjas sobre la mesada.
Y el poeta continúa, sin escucharlos, continúa.
"Me subyuga el amor que se funda y sustancia en estos espacios vivos y la libertad radical de ese amor, que ya no hace distingos entre expresarse y comunicarse, entre soledad y compañía, entre ausencia y presencia, entre voz y silencio, entre amar y pensar, entre todo y algo. La palabra transfigurada de un hombre solitario puede recoger allí, por abajo, el gesto misterioso y absurdamente magnífico de la humanidad. La poesía puede entonces proyectar ese gesto y abolir en un acto de amor la distancia entre el hombre y los objetos, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y la muerte. Más que un vacío, esas distancias son el músculo al que es posible dar vida con el nervio de la visión creadora, con el tatuaje inusitado de la palabra en función y explosión de ser, para mover así el mundo. La realidad está donde queremos que esté, donde somos capaces de engendrar una forma."
Entonces, se me ocurre pensar en arquitecturas verbales que fundan espacios para las regiones olvidadas de la existencia; que dibujan la rayuela donde se juegan la vida los esperanzados y los cultivadores de ilusiones; que extienden los brazos para acunar el sueño de los que no quieren despertar.
Pienso en poesía y pienso en posibilidad, en el vacío urgente de los papeles en blanco. Me pregunto, entonces, si el fenómeno puede captarse con alfileres para exhibir luego el cadáver en la vitrina del laboratorio. Y se me ocurre que no.
Si la realidad es algo inasible, si la poesía es realidad...
Después de todo, "Toda vida es sólo un amago, el anuncio o comienzo de un gesto. También la poesía es un amago, pero su ademán permanece, como si fuera algo más. El hombre y su lenguaje empujando implacablemente sus límites, desvestidos de todo cuanto no sea límite, desvistiéndose de aquello que ahora lo es. Suprema afirmación, es también lo más cercano a la suprema negación. La grandeza concreta de la poesía, como la de la vida, consiste en no estar hecha. Un salto siempre más allá, el salto que nos hace posibles."
¿Es que puede concebirse la poesía, no como un hecho, sino como una proyección hacia la posibilidad de ser?
Supongo que eso coincide con su idea de que "Desde adentro, toda obra es un fracaso." e imagino un arco en su momento de mayor tensión, el instante mismo de una detonación, la energía contenida siguiendo las coordenadas espaciales precisas sin llegar jamás al momento del reposo.
Empiezo a sospechar que la poesía es algo así como una implacable máquina de movimiento continuo.
Fragmentos extraídos de: Roberto Juarroz Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido (Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1980)
sábado, 21 de junio de 2008
Pregunta...
sábado, 14 de junio de 2008
Vindicación de la melancolía
"¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?"
(Rubén Darío)
"That says my heart is on an all time low
So don't expect me
To behave perfectly
And wear that sunny smile
My guess is I'm in for a cloudy and overcast
Don't try and stop me
Cause I'm heading for that stormy weather soon"
(Mi melancholy blues , Freddie Mercury)
"Viene a mí, avanza,
viene tan despacio,
viene en una danza
leve, del espacio.
Cedo, me hago lacio
y ya vuelo, ave.
Se mece la nave,
lenta como el tul,
en la brisa suave
niña del azul."
(Oh, Melancolía, Silvio Rodríguez)
En el sentido profundo, la melancolía puede acercarse a una extraña forma de la felicidad que tiene mucho que ver con lo cognoscible.
Puesta a elegir, no sé si preferiría un estado de despreocupada complacencia; de puro contentamiento emocional. Primero porque creo que no existe tal condición, salvo en casos extremos de dificultad intelectual. Todos, en algún grado explicitado o no, somos sabedores de tres o cuatro verdades fundamentales que, hay que decirlo, no son demasiado felices.
Esas verdades atraviesan de parte a parte los costados más baladíes de nuestra experiencia, contaminándolo todo con el perfume de lo efímero, al mismo tiempo que son la fuente misma de donde emana la bienaventuranza.
Claro, otra cosa es reconocerlo, asumirlo, ocultarlo bajo una máscara de ignorante superficialidad antes de salir al kiosco o simplemente olvidarlo por un momento mientras huímos tras las urgencias de lo cotidiano. Más allá de estos mecanismos de adormecimiento, huir del dolor puede ser, al mismo tiempo, una forma de negarse el acceso a ciertas regiones de la beatitud.
Revolvemos inútilmente la obviedad de los cajones en su búsqueda, sin animarnos a encender los rincones oscuros de la conciencia, donde ha estado guardada desde siempre.
No existe la felicidad gratuita, corresponde el sobreaviso. Y si aceptamos pagar el canon, debemos asumir que la factura nos acompañará para siempre: la señal de creciente luminosidad que denuncia la caducidad de las más respetables eternidades.
También conviene señalar que circulan modestas copias de cartón prensado que ofrecen -no sin provocar sospechas- todos los beneficios sin los onerosos gravámenes del caso.
La dicha en comodísimas cuotas.
Las gentes sensatas suelen recomendarla con higiénica prevención.
miércoles, 4 de junio de 2008
Pavana (Jethro Tull)
Ni cómos, ni porqués.
Sólo la doctrina circular de aquello que está destinado a repetirse: repetirnos.
El secreto terror de lo conocido que nos muerde el talón y el futuro (inútil remedo del pasado, más grotesco, menos indulgente).
Inútil e inacabado. El presente tropieza con la nuca del tiempo y crujen los engranajes.
Ruido de clavos urgentes.
Ruido de dados que caen siempre del lado de perder.
Todos masticando el ropaje ficticio del tiempo, viajero cansado de correr hacia ningún lugar.
Un día de éstos, le haré caso a las voces que asaltan los rincones desconocidos y cavaré un pozo profundísimo dónde enterrar tanto ruido, tanto miedo, tanta torpe ingenuidad.
Mientras tanto, gracias por la música (otra forma de enterrar miedos y ruidos).
domingo, 25 de mayo de 2008
Visión del escribiente

"Frente a mí se extiende el mundo, el vasto mundo de los grandes, pequeños y medianos. Universo de reyes y presidentes y carceleros, de mandarines y parias y libertos, de jueces y testigos condenados; estrellas de primera, segunda, tercera y n magnitudes, planetas, cometas, cuerpos errantes y excéntricos o rutinarios y domesticados por las leyes de la gravedad, las sutiles leyes de la caída, todos llevando el compás, todos girando, despacio o velozmente, alrededor de una ausencia. En donde dijeron que estaba el sol central, el ser solar, el haz caliente hecho de todas las miradas humanas, no hay sino un hoyo y menos que un hoyo: el ojo de pez muerto, la oquedad vertiginosa del ojo que cae en sí mismo y se mira sin mirarse. Y no hay nada con qué rellenar el hueco centro del torbellino. Se rompieron los resortes, se desplomaron los lazos visibles o invisibles que unían una estrella a otra, un cuerpo a otro, [...] no son sino un enredijo de alambres y pinchos, una maraña de garras y dientes que nos retuercen y mastican y escupen y nos vuelven a masticar. Nadie se ahorca con la cuerda de una ley física. Las ecuaciones caen incansablemente en sí mismas."
Octavio Paz en "Libertad bajo palabra". Ed. Cátedra.
sábado, 17 de mayo de 2008
El arte de la ausencia
Alejandro Dolina en "El libro del fantasma". Ed. Booket.
domingo, 4 de mayo de 2008
Rabo de nube
viernes, 2 de mayo de 2008
miércoles, 23 de abril de 2008
[...]
Este día herido de muerte que se arrastra a lo largo del tiempo sin acabar de morir,
y el día que lo sigue y ya escarba impaciente la indecisa tierra del alba,
y los otros que esperan su hora en los vastos establos del año,
este día y sus cuatro cachorros, la mañana de cola de cristal y el mediodía con su ojo único,
el mediodía absorto en su luz, sentado en su esplendor,
la tarde rica en pájaros y la noche con sus luceros armados de punta en blanco, este día y las presencias que alza o derriba el sol con un simple aletazo:
[...]
todo este largo día con su terrible cargamento de seres y de cosas, encalla lentamente en el tiempo parado.
[...]
Todos vamos cayendo con el día, todos entramos en el túnel,
atravesamos corredores interminables cuyas paredes de aire sólido se cierran,
nos internamos en nosotros y a cada paso el animal humano jadea y se desploma,
retrocedemos, vamos hacia atrás, el animal pierde futuro a cada paso,
y lo erguido y duro y óseo en nosotros al fin cede y cae pesadamente en la boca madre.
[...]
Octavio Paz
miércoles, 16 de abril de 2008
Regreso por partida doble
No está.
Pero sé que vuelve.
Cuando las trombas endiabladas anuncien el ritmo de la aurora, llegará.
Cuando las horas interminables se agolpen alocadamente
en el seno de la oscuridad.
Y el cuerpo agonizante del mar se desplome en la orilla.
No temo.
Aunque truene su bocaza oscura.
Aunque la arena se desangre entre los dedos
y no haya esperanzas de mañana en esa danza rumiante y banal.
No temeré a los ojos que perforen horizontes
para explicar nuestra presencia.
Ni a las huestes de sal que se encabritarán sobre las aguas.
No tiemblo.
No te asustes.
Son los restos del día que se arrastran bajo mis pies sinceros.
Y no te extrañe que todo siga su curso
cuando la sombra rígida del viento nos quiebre las alas.
Me acurrucaré, entonces, en un rincón del cielo
y escucharé llegar sus errantes pisadas de animal sin dueño.
No me sigas.
No me esperes con la límpida paciencia de tus puños pedregosos
ni importunes con reclamos el sueño verbal de los poetas.
Tardaré más de la cuenta.
No me veas llorar.
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